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Margarita Rodríguez Garcés

Haciendo un poco de arqueología cinematográfica he desenterrado un título mítico del cine español, Margarita se llama mi amor, film de 1961. Es la historia de una jamona de muy buena familia (interpretada por la algo más que turgente Mercedes Alonso) que va a la Universidad en un descapotable rojo y que, obviamente, tiene revolucionada a toda la muchachada del campus. Ellas la odian, y el resto suspira a su paso. Ella, ambiciosa e inquieta, está enamorada, sin embargo, de un joven profesor un tanto atribulado. El resto se lo pueden imaginar.
Resulta enternecedor observar el modo en que los universitarios de ficción manejan los recursos económicos con cierta alegría. Y es un ejercicio de nostalgia recordar ese lejano Madrid, cuyo tejido urbano es casi irreconocible.
Pero la historia no acaba aquí. La tal Margarita se especula que existió realmente y que sirvió de inspiración a Julio Salgado, autor de una canción del mismo título, que fue el himno de las Milicias Universitarias desde 1948. Desde el primer momento fue todo un éxito, y se extendió a ámbitos no castrenses. Y llegó hasta dar origen al film comentado.
Como no podía ser de otro modo, pongo a su disposición esta bonita melodía, a la que pueden acceder si pulsan el siguiente enlace.
Sin penetraciones (en tiempo real)
Cómo añoro el bendito Cine S de la transición…
Batallas suburbiales

Creo que ha llegado el momento de poner las cosas un poco en perspectiva. Somos lo que somos y venimos de donde venimos. Me gustaría decir que me eduqué en un exquisito internado suizo, leyendo a Proust y Mann, escuchando a Mahler y Listz y jugando al polo. Pero no. Siempre asistí a centros educativos públicos, el Capitán Trueno primero, y luego los héroes y villanos de la Marvel conformaron mi universos estético y ético, y mi aprendizaje musical se forjó oyendo los Cuarenta Principales y viendo los programas de Valerio Lazarov. Para bien, y para mal.
Una parte capital de mi identidad como adulto heterosexual, volitivo y consciente, proviene de esas interminables horas pasadas en los coches de choque. Allí di mis primeros pasos como depredador, en busca de hembras apetecibles y accesibles. Allí se desarrollaron mis mayores o menores grados de asertividad y lucha por la supervivencia. Para conseguir los mejores coches, para embestir a todos los rivales, o para triunfar en cualquier disputa territorial. Los coches de choque imprimen carácter.
Una pista de coches de choque es sinónimo de dos cosas: luces de colores chillones parpadeando y oscilando sin parar, y música popular a volúmenes capaces de triturar las defensas de hormigón de Fort Knox. También me gustaría decir que he olvidado todas aquellas melodías que sonaban allí, pero no, ahí están, indemnes, adheridas a esa parte del cerebro donde conservamos el recuerdo de las cosas importantes. Allí viven, incólumes, sin que el tiempo las erosione, frescas y limpias como el primer día que las escuchaste.
Hace tiempo que me rendí y ya no reprimo esos momentos en que, repentinamente, empiezo a tararear aquel hit de los Chichos, o de los Diablos, o de Tony Ronald. Yo soy eso también. O quizás yo soy realmente eso, y el resto de bagaje que he ido incorporando no sea más que un modo de disimular y/o de sacudirme un poco el polvo de la dehesa. Por ello, he decidido rendir un sentido homenaje a esas músicas que alfombraron las tardes y noches de feria.
Obviamente, cada época ha tenido, tiene y tendrá sus melodías. Yo recuerdo aquéllas que me afectaron directamente como usuario y protagonista. Las canciones que he seleccionado y menciono en los comentarios a esta entrada son muy conocidas. No he querido, conscientemente, buscar la rareza o lo decididamente marginal, porque eso hubiera falseado la realidad. Cito los éxitos indiscutibles e irreprochables que sonaban en aquellas benditas pistas metálicas. Alguien podrá objetar, con toda la razón, que estos temas también sonaban, por ejemplo, en los billares, la otra gran Universidad Popular. Pero esto no niega la mayor. Y ya hablaré en su día sobre los Billares y la Voluntad.
Les propongo que dejen sus propuestas, temas o listas alternativas en los comentarios. Así pues, compren sus fichas. O un abono, que sale mejor de precio.
Yo también necesito amar

Ana y Johnny – Yo también necesito amar
Año 1976. La muerte de cierto general gallego permite una moderada relajación de las costumbres y la moral en un extraño país del sur de Europa. En ese momento triunfan cantantes melódicos italianos con temas que hablan de ardientes y tórridos amores juveniles, que pueden ser consumados en el tálamo con arrebatada pasión. Esta coyuntura es aprovechada por un matrimonio de nativos, Ana y Johnny, para triunfar con sus baladas de un erotismo romántico y levemente rockero. Él, con su ronca y grave voz varonil de macho penetrador. Ella, una muchachita de aspecto frágil, pero con una potente y aguda voz capaz de perforar los muros de Fort Knox.
Desaparecieron a finales de los 70 con la misma rapidez con la que fueron encumbrados. El tema que pueden escuchar es uno de sus grandes éxitos. Si una guapa jovencita en flor les dijera cosas como éstas
Tómame,
libérame del pudor.
Y muéstrame
tu cielo confortador
¿qué pensarían?
Fueron tiempos duros, muy duros…
Vean el vídeo psicotrónico del tema en cuestion, cortesía de maese Lazarov.
¡¡¡Naranjo!!!
Yo era una niña normal
en una edad especial y fantasía en el pelo.
Él un muchacho feliz
con buen porvenir y pantalones vaqueros.
(Mónica Naranjo, Las campanas del amor)

Lo reconozco. A veces me gusta vivir al límite. Esos momentos, de pantalones ajustados de cuero, camiseta amarilla de lycra y deportivas fluorescentes, han de tener una banda sonora adecuada. Y uno de los hitos musicales a los que siempre recurro es a Mónica Naranjo. Esta poderosísima artista española, icono de comunidades gay, sutil como un puñetazo en la mandíbula, reina indiscutible del kitsch latino (al que ha elevado a categoría de Arte) consigue embravecer a ese depredador de discoteca suburbial que late en mí. Es escuchar sus aullidos desesperados de hembra en celo y la Bestia se despierta en mi interior, dispuesta al apareamiento inmediato.
No sean tímidos, dejen fluir esas filias ocultas e inconfesables. Suden y rujan al ritmo de la Naranjo.
Just Sara

Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana Sara Montiel era una jamona…
Las isobaras del franquismo
Mariano Medina y el mítico barco K. Los iconos absolutos del franquismo meteorológico.














